Mexicano 1: ¿Oye y cómo te va con el inglés?
Mexicano 2: Pues más o menos. Me cuesta trabajo. Ahí en el restaurante puro español.
Mexicano 1: Sí, es difícil caray. ¿Y las horas qué tal?
Mexicano 2: Pues hay que llegar bien tempranito [...]
Seguí leyendo cuando me distrajo otro tema de su conversación.
Mexicano 1: Si, pues a la mamá lo llamaron diciéndole que tenían a su hijo y que si no pagaban inmediatamente que le iban a ir cortando un dedo.
Mexicano 2: Chale, no mames.
Mexicano 1: Un dedo por cada hora que pasara y no vieran el dinero.
Mexicano 2: ¿Y, cuánto pedían?
Mexicano 1: Pues parece que como 100,000 pesos pero obviamente esta familia no tenía esa cantidad. Pero imagínate a la pobre señora angustiada como ella sola.
Mexicano 2: ¿Qué le pasó al chamaco entonces?
Mexicano 1: Parece que el papá fue corriendo al banco a sacar todos sus ahorros, habrán sido como $14,000. Pero ya habían pasado dos horas cuando volvieron a marcar y les dijeron que ya le habían cortado un dedo, que si tenían la lana.
Mexicano 2: Chale guey
Mexicano 1: Entonces le dijeron, los de esta familia, que pues tenían la lana pero no completa, que era todo lo que tenían. Total que hicieron la transferencia y pues a esperar. Como a la hora llega el hijo todo quitado de la pena y la mamá agarrada de una lámpara. "Hijo!!! Estás bien?", y pues el hijo había estado en el cine todo el tiempo, no le había pasado nada, era pura mentira eso que lo tenían.
Mexicano 2: No mames, qué mal pedo. [Risas]
Me quedé pensando en que estas conversaciones de secuestros express, estas historias de terror y angustia son parte de nuestra realidad como mexicanos. Así como hablar de muerte era común en Auschwitz, y como hablar de leche materna es común entre madres primerizas. El tema de la violencia en México sale a flote como por casualidad en las pláticas de sobremesa, hilándose con otros temas menos catastróficos. Se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad.
Mexicano 2: Y es que la vez pasada que venía de México me traje $500 pesos en Queso Oaxaca. Ay es que no hay nada que se le compare aquí.
Mexicano 1: Uy pero luego llegas aquí y te lo quitan porque piensan que andas pasando de cosas.
Mexicano 2: Pues eso fue lo que me pasó. Al llegar acá que me abren la maleta y por no declarar ya me querían cobrar las perlas.
Mexicano 1: ¿Te lo quitaron?
Mexicano 2: Pues me lo querían quitar pero yo pensé que después de haberme gastado esa lana en el queso pues iba a hacer todo por que no me lo quitaran. Total que me dijeron que pagara una multa como de $50 dólares y pues la pagué.
Mexicano 1: [Riendo] Has de haber tenido harta quesadilla para rato.
Mexicano 2: Pos sí, pero a mí mi queso no me lo iban a quitar.
Cuando me fui a comprar unas cositas a la Comer me dieron unas ganas terribles de comprarme un queso Oaxaca, porque yo, como aquél mexicano de Newark al que jamás le vi la cara, entiendo que el auténtico hecho en México no tiene comparación. Es exquisito. No lo compré porque no iba a estar pagando una lana por que me lo dejaran pasar y no les iba a dar el gusto de regalarlo. Suficiente tenía con toda la botanera y el pedazo de pastel que llevaba envuelto en la maleta como paquetín de droga; en papel aluminio, un rectángulo perfecto.
Ayer me dieron ganas de hacer quesadillas y compré un queso Oaxaca mediocre de esos que hacen acá. Me fijé en la fecha de caducidad y no había ningún problema. Al llegar a casa a abrir la bolita vi que tenía un poco de moho. Se lo quité con un cuchillo, un poco irritada, y partí el queso pastoso para hacer mi cena.

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