Si creciste en el México de los 80's y 90's recordarás lo increíble que era toparse con un alimento americano. Siempre había algún tío que te los traía de un viaje a los Estados Unidos, un niño en la escuela que te vendía los dulces clandestinamente y a un precio infladísimo. Invariablemente te sentías soñado cuando tus manos tocaban la envoltura de Snickers, ese tubo que parecía pasta dental conocido como Squeeze Pop (del que salía un líquido viscosísimo de colores y que era como un tesoro del que no querías alejarte jamás), tubos de Sweet Tarts o las cajitas de Nerds.

Poco a poco fueron llegando estos productos a nuestro país pero era raro consumirlos porque nuestros papás se negaban a pagar un dineral por un chocolate cuando podían comprar Tin Larines o Almonrises por una fracción del precio.
Cuando me mudé a los Estados Unidos y caminaba por esos pasillos del Stop & Shop con regularidad, observé la variedad de comida que había y que quería probar. Ahora todo estaba a mi alcance y nadie podría privarme de ese placer. El pasillo de las papitas era mi perdición y siempre me iba directo a las Pringles. Con mis tubos bajo el brazo, me encaminaba a la sección de pastelitos y galletas; no podían faltar las Milanos, las Pepperidge Farm Cookies y hasta los mixes para hacer galletitas de mantequilla (cuando me daba por hornear). Pero cada paso que daba había una trampa acechándome; jugos de varios colores y sabores, quesos crema de mil tipos, bebidas gaseosas sin calorías, cereales con chocolate y crema de cacahuate y algunos con malvaviscos artificiales de todos los colores, panes de todas las formas y texturas, cacahuates y nueces de un millón de variedades, tes helados, chocolates confitados, dulces rojos y alargados, gomitas de gusano y helados de sabores que ni sabía existían.
En ese entonces vivía con mi hermana, quien ya llevaba en Estados Unidos un poco más de tiempo. Quizás esa obsesión por la nueva comida se había aplacado.
Un buen día me dijo con franqueza:
"No podemos comprar todo eso, tienes que moderarte"
Tenía razón. Pero lo chistoso fue que hace seis años, cuando el metabolismo funcionaba como un roedor en su rueda de ejercicios con unos cuantos cafés encima, las calorías y las grasas saturadas me valían un soberano cacahuate. Entonces me parecía que se me cerraban las puertas del edén. Me dio la opción de escoger tres o cuatro elementos chatarra y siempre optaba por las galletas en vez del helado y por las Pringles en vez de las gomitas de gusano. Refrescos de dieta nunca podían faltar y los sandwichitos de pretzel con queso, tampoco.
Me tomó varios años caminar por esos pasillos con naturalidad y sin perder la cordura. Un buen día me di cuenta que a mi cabeza de caballo le habían quitado las anteojeras y que podía desplazarme sin escuchar esas vocecillas de los alimentos procesados gritándome:
"Cómprame Jessica, hazlo, soy deliciosoooooo!"
Después de leer cientos de artículos de nutrición y ver películas de terror sobre lo que se ingiere en el primer mundo me di cuenta de que no valía la pena comer tanta porquería. Hoy en día ignoro la existencia del congelador, aunque he de confesar que hace un par de semanas me dio antojo de helado y cuando llegué ante el oasis de opciones elegí un sorbete de chocolate que he estado rascando por algunas semanas. Las Pringles las saqué de mi vida cuando leí que las Fat Free te daban chorrillo oleoso gracias a ese ingrediente nefasto Olestra. Las papitas son un lujo y a lo más que llegamos ahorita son los pretzels y esas rueditas de arroz. Las galletas y donitas: vetadas. Si tengo antojo de algo horneado compro huevos, leche, harina y mantequilla y lo hago yo misma. Los dips engordantes los cambiamos por humus y zanahorias. Los cereales ya no tienen monitos en la portada y si compramos Zucaritas escogemos las que tienen menos azúcar. Ahora el carrito del súper parece más un paseo por el área de frutas y verduras, con uno que otro pecadillo escondido por ahí. La realidad es que en este país comer sano cuesta mucho más que comer chatarra. Nadie te da cupones para mangos de manila.

Eso sí, si alguna vez vienen de visita se darán cuenta que en mi refri siempre habrá cocas de dieta y chocolate oscuro.
¿Ni tanto que queme al santo, no?

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